La historia de una tortuga ayuda a promover la conservación del océano

Vi a casi 2.000 tortugas loras bebés (Lepidochelys olivacea) salir de su cascarón mientras trabajaba en un proyecto de conservación de tortugas marinas en Costa Rica. La mayoría de ellas nacieron en nuestro criadero donde reubicamos los huevos salvajes, cada una de las crías se arrastró y cayó sobre decenas de hermanitos en una parcela protegida, ansiosas por ser liberadas. Otras nacieron sin intervención humana. Dejaron pequeñas huellas en la arena y esquivaron buitres, coatíes y cangrejos incluso antes de que las descubriéramos. Todas ellas, que comenzaron la vida con unos 20 gramos, parecían dulces de chocolate animados y en mis manos se sentían como arcilla cocida al horno. Se lanzaron al mar con un propósito y una determinación indoblegable, tal como lo han hecho durante milenios. Cuidarlas era surrealista. Y mientras el sol salía y el oleaje las levantaba en sus manos, olvidé que ellas acababan de nacer.

La costa del Pacífico de Costa Rica, y los Estados Unidos, es el hogar de la tortuga lora, verde, carey y baula. Pero nunca había visto a un juvenil de otra especie de tortuga –la caguama o boba– hasta septiembre, cuando vi a una bebé tortuga caguama atlántica que se balanceaba como una boya en miniatura en el Acuario de la Bahía de Monterrey. Me sorprendió verla en un acuario tan lejos de su lugar natal.

Resulta que la pequeña tortuga forma parte de un programa de rehabilitación y residencia de tortuguitas dirigido por el Acuario de Carolina del Norte, en Pine Knoll Shores. El Acuario de la Bahía de Monterrey ha sido parte del programa durante tres años, pero debido a los futuros cambios en las exhibiciones, este será el último. La tortuga del acuario será devuelta a Carolina del Norte y liberada enviada de vuelta a la naturaleza en pocos meses.

La conservación de las tortugas bobas afecta a muchos más organismos más allá de la propia especie. Las caguamas migran decenas de miles de millas en su vida. Algunas viajan 7.500 millas al año. Durante su viaje, utilizan sus picos afilados para alimentarse de moluscos y crustáceos. Cuando mastican, las tortugas rompen las conchas de sus presas. Esto aumenta las tasas de desintegración de las conchas y la velocidad con la que se reciclan en nutrientes, dicen los científicos de Oceana, la mayor organización internacional de defensa y conservación de los océanos. Y cuando las caguama nadan en el fondo del mar, el movimiento de sus aletas crean remolinos en el agua, aireando la arena y los diminutos organismos dentro de ella. Las tortugas bobas son como ingenieros oceánicos que permiten que otras especies marinas sobrevivan y prosperen.

Pero estas tortugas están en problemas. Son conocidas por tragar objetos que no deben. Cuando las personas se deshacen de plásticos, a veces terminan en el océano. Y cuando las caguamas comen, accidentalmente ingieren restos de plástico. Alrededor del 50 por ciento de la basura de plástico marino proviene de fuentes urbanas, dicen los científicos.

Jonelle Verdugo, curadora y supervisora en el departamento de acuicultura del Acuario de la Bahía de Monterrey, explica que como no tienen dedos, las tortugas muerden las cosas para averiguar qué son. Michele Lamping, funcionaria del Acuario de Carolina del Norte, dice que a cada caguama a la que le ha practicado una necropsia, ha encontrado plástico en su intestino.

El impacto humano en la tortuga boba se extiende mucho más allá de los plásticos en los mares. La joven tortuga caguama en Monterrey y sus compañeros de Carolina del Norte proceden de playas contaminadas. Los amantes de la playa y sus perros, accidental o intencionalmente, perturban los nidos. El desarrollo urbano las purga de los lugares favoritos de anidación. La basura y derivados químicos fluyen en el agua y en las playas de anidación. Las tortugas caguama confunden los faroles con la luz de la luna sobre el mar y se alejan del océano hacia carreteras transitadas. Muchos estados del Atlántico, como Florida, tienen leyes de iluminación para proteger a las tortugas bebé, pero no existe ninguna en Carolina del Norte.

“Tenemos una contaminación lumínica extrema. Podemos encender cualquier luz que sea tan brillante como queramos y por el tiempo que queramos. Estamos siempre perdiendo crías, con cada nido que oclusiona. Y sucede cada año”, dice Lamping.

Pero Lamping y los participantes en el programa de rehabilitación de la tortuga caguama del Acuario de Carolina del Norte están dando una segunda oportunidad a la especie en peligro de extinción. Las crías que son saludables, pero que enfrentan dificultades para llegar al mar, son seleccionadas para su programa, incluidas las atrapadas en un huracán, las desenterradas por zorros o perros o las que estaban vagando por las calles en lugar de nadar hacia el mar. Lamping dice: “son perfectas pequeñas crías” que simplemente han sido expuestas a circunstancias desafortunadas.

Es poco probable que las crías rescatadas sobrevivan sin intervención humana. Debido a que solo una de las 1.000 crías de tortugas marinas llega a la edad adulta y las bobas están en peligro en todo el mundo, el programa del Acuario de Carolina del Norte y sus participantes actuales –el Acuario de la Bahía de Monterrey y otros cinco en la costa este de Estados Unidos– son fundamentales para la conservación de la caguama y la salud de los océanos en su totalidad. “Nos unimos para poder mostrar tortugas juveniles y hablar sobre el mensaje de conservación relacionado con las tortugas marinas, específicamente las tortugas caguama”, dice Verdugo.

Los participantes del programa se reúnen cada otoño para liberar en Carolina del Norte a sus tortugas, de uno o dos años de edad. Durante la reunión, cada acuario recibe del Acuario de Carolina del Norte una nueva cría, de dos meses de edad, que pesa unos 60 gramos –y también un pequeño kiwi–. La joven tortuga de 6,6 libras, aún  sin nombrar ni  sexar que ahora está en Monterrey era de solo 20 gramos cuando fue rescatada de las bulliciosas costas de Carolina del Norte en julio de 2015. En dos meses, triplicó su tamaño y voló de las Carolinas a California dentro de un refrigerador Igloo equipado con almohadillas térmicas. El personal del Acuario de la Bahía de Monterrey supervisó la temperatura del animal constantemente; pues una sutil pero brusca caída de la temperatura puede ser fatal para estos reptiles de sangre fría.

Una vez en California, la bebé caguama se familiarizó con su nuevo hogar –una exhibición desocupada en la galería de Mar Abierto del acuario–. Y como las caguamas son famosas por su mordisqueo, la exhibición está escasamente decorada. La mejor señal de que la tortuga se mantiene saludable es que está haciendo actividades normales de su especie, como nadar o moverse.

En la primavera, la bebé caguama y algunos de sus cuidadores del Acuario de la Bahía de Monterrey volarán de nuevo a Carolina del Norte. La tortuga recibirá un transpondedor pasivo integrativo (PIT, por sus siglas en inglés) para que los científicos puedan rastrearla al ser liberadas en las costas arenosas. Si sobrevive, se unirá a las filas de las caguamas adultas que trabajan como importantes ingenieras de ecosistemas.

Pero incluso mientras que la caguama juvenil chapotea alrededor de su exhibición en el Acuario de la Bahía de Monterrey, está causando impacto. “Las tortugas marinas son el animal favorito de mucha gente y cuando ves una tortuga de mar bebé, se queda atrapada en el corazón un poco más”, dice Verdugo.

INVDES

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